Si hay algo en lo que coincidimos muchas personas es en lo fácil que resulta fijarnos en lo que falta, en lo que no está bien, en lo que podría mejorarse. Y sin darnos cuenta, podemos acabar viviendo en un diálogo interno —o externo— que corrige más de lo que acompaña, que señala más de lo que sostiene.
Pero la verdad es que todos necesitamos un lugar donde sentirnos a salvo. Un espacio —externo o interno— al que podamos volver sin miedo a ser juzgados, donde no solo se nos recuerde lo que hay que cambiar, sino también lo que ya es valioso en nosotros.
Existe un ejercicio sencillo, pero profundamente transformador: empezar a mirar —y a mirarte— desde las fortalezas. Desde lo que sí eres, lo que sí sabes hacer, lo que sí has construido. Porque en los momentos de inseguridad, la mirada se estrecha y olvidamos todo aquello que también somos.
Todos atravesamos etapas en las que nos sentimos menos de lo que realmente somos. Y en esos momentos, la diferencia la marca la mirada de alguien —o la nuestra propia— que sabe ver más allá de lo evidente.
Miguel Ángel decía, al hablar de su Moisés, que él no creó la figura desde la nada, sino que simplemente “quitó la piedra que sobraba”. Quizá también en la vida, el verdadero acompañamiento consiste en eso: en aprender a ver la forma que ya existe dentro, incluso cuando todavía está oculta.
Porque todos necesitamos, al menos una vez en la vida, a alguien que nos mire como si ya fuéramos aquello en lo que nos podemos convertir. Y cuando esa mirada existe, sentimos que somos capaces de lograrlo.