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En las discusiones con los hijos, gran parte de la frustración y la impotencia que sentimos los padres nos viene dada porque, por nuestra experiencia, creemos saber cómo acabará ese capítulo antes de que comience. Nosotros, como padres, tenemos más experiencia. El problema es que ellos no lo ven desde nuestra óptica, no conocen nuestra perspectiva y por eso muchas veces nos tildan de agoreros, de primitivos.

Nuestro desafío es, en primer lugar, compartir con ellos nuestra visión sobre un posible resultado negativo de esa acción. Muchas veces tenemos que hacerles entender que es cierto que no sabemos cómo va a terminar, pero que nuestra filosofía como padres es arriesgar lo menos posible.

No conozco a padres que acepten que sus hijos aprendan a nadar en alta mar (seguro que hay estadísticas que dicen que aprenden a flotar en seguida, porque los perros lo hacen). Pero en la vida y a la hora de tomar decisiones es importante compartir con ellos el principio de minimizar riesgos.

No le recrimines el que no comparta tu visión. Tiene por lo menos veinte años menos de experiencia y además el córtex frontal de su cerebro aún no ha acabado de madurar. Intenta hacérselo comprender utilizando términos que le son más fáciles de captar. Y de todos modos, también está bien que compartas tu visión de padre o madre.

 

Mi consejo: aprovecha estos momentos para expresarle cuánto le quieres y por qué, con su vida y su futuro, has decidido correr los menos riesgos posibles.

Si finalmente decide no escucharte, intenta explicarle que, en la discusión con los hijos, es la única discusión en la que uno desearía estar equivocado.


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