Lo que nuestros hijos aprenden cuando no les estamos hablando

Los sermones suelen tener poca eficacia con los adolescentes. En muchas ocasiones, después de escuchar el mismo mensaje repetidamente, dejan de prestarle atención. Basta observar sus expresiones: “Ya me lo has dicho mil veces” o “Ya sé lo que vas a decir”. Cuando esto ocurre, el mensaje pierde fuerza y corre el riesgo de convertirnos en alguien pesado a sus ojos. El adolescente puede sentir que se le está imponiendo una verdad absoluta, sin espacio para que él reflexione, cuestione o construya sus propias conclusiones. Además, en esta etapa es habitual que perciba a los adultos como personas alejadas de su realidad y convencidas de saber lo que es mejor para él, aunque él piense exactamente lo contrario. Cuando un adolescente se siente constantemente sermoneado, suelen ocurrir dos cosas: 1ª.-Que entre en confrontación y rebata cada argumento. Esto puede derivar en discusiones interminables en las que ambas partes se atrincheran en sus posiciones y nadie sale realmente enriquecido. 2ª.- Que desconecte. Puede parecer que escucha, pero en realidad ya ha levantado una barrera emocional. El mensaje le llega como un ruido de fondo más. Sin embargo, la verdadera educación ocurre en muchos otros momentos. Educas cuando reaccionas ante una situación de estrés al volante, cuando alguien se cuela en una fila, cuando un camarero se equivoca con tu pedido o cuando tienes que dirigirte a alguien que ocupa una posición diferente a la tuya. Educa tu manera de hablar, de resolver conflictos, de mostrar respeto y de asumir responsabilidades. Los adolescentes observan mucho más de lo que parece. Se fijan en cómo gestionas tus emociones, en aquello que te indigna, en lo que te hace feliz y en la forma en que tratas a los demás. Ahí es donde te conocen de verdad: no en lo que dices que eres, sino en cómo actúas cada día. Por eso los sermones suelen tener menos impacto que el ejemplo. Las palabras hablan de teoría; las acciones muestran la práctica. Y si hay algo que los adolescentes detectan con rapidez son las contradicciones. Pueden tolerar sus propias incoherencias mientras aprenden y crecen, pero esperan autenticidad de los adultos que les rodean. Quizá no expresen su admiración ni reconozcan abiertamente aquello que valoran, pero guardan esas experiencias. Observan la coherencia, el esfuerzo y la integridad. Y, con el tiempo, muchas de esas conductas que han visto en casa acabarán formando parte de su propia manera de actuar. Consejo práctico Reduce los sermones al mínimo. Cuando sea necesario establecer una norma o un límite, hazlo de forma breve, clara y firme. Explica qué esperas y cuál será la consecuencia si no se cumple. Los mensajes sencillos suelen ser mucho más efectivos que los discursos largos. Piensa en un cartel de tráfico: “Prohibido aparcar. Avisamos grúa”. Pocas palabras, mensaje claro y sin lugar a duda.