En la sala de espera del dentista, me dispongo a hojear un periódico cuando tropiezo con un artículo fascinante. Lo escribía un periodista francés y hablaba sobre la nefasta relación que mantenía con su hijo adolescente. Se había divorciado de su pareja cuando el hijo tenía 4 años de edad y él consideraba que habían mantenido un divorcio y una relación con su exmujer bastante civilizada pero, a pesar de ello, su hijo, desde entonces, había ido a la deriva. En el momento en el que se el padre escribía el artículo, el hijo tenía 17 años y medio y todo lo que hacía era tumbarse en la cama y fumar porros. La impotencia del padre era sentir que, aunque habían procurado aconsejarse con terapeutas de lo más variado, en esta momento se encontraba varado en ese callejón sin salida, sabiendo que en 6 meses su hijo cumpliría 18 años y dejaría de tener toda cualquier autoridad sobre él. A la desesperada pidió en su trabajo una excedencia de unos meses y recordó que lo único que disfrutaban haciendo juntos era montar a caballo. Buscando algún programa interesante, encontró una ruta de unos tres meses a caballo, pasando por pueblos y ciudades y que terminaba en la Muralla China.
Os confieso que el artículo me emocionó ya que el periodista narraba la odisea que supuso viajar y convivir en unas situaciones que les eran desconocidas a ambos. Estaban acostumbrados a relacionarse entre ellos como lo habían hecho hasta ahora: el padre procurando controlarlo y el hijo intentando escapar de su control. Durante el viaje tuvieron que compartir cama, comida, frío, hambre, miedo, a veces también muy buenos momentos, conocer a otros viajeros que compartían la ruta. El periodista contaba cómo, al principio, hasta la cercanía física les producía rechazo ya que no estaban acostumbrados a una convivencia tan estrecha. En esa ruta de tres meses a caballo, se fueron conociendo, se fueron despojando de los personajes que hasta ahora se habían acostumbrado a interpretar y poco a poco se fueron descubriendo como seres humanos y muchas veces como la única fuente de calor y protección el uno para el otro. El artículo acababa con su viaje de regreso a Francia: “he ganado un hijo y mi hijo tiene por fin un padre, no sé lo que la vida nos deparará, pero sé que siempre estaré allí para él, pase lo que pase y que él siempre estará allí para mí”. En este viaje se dio cuenta de que nunca había escatimado en profesionales para que le ayudaran con su hijo, pero que tal vez, lo único que el hijo necesitaba era un padre que esté allí para él”.
Iluminarte para iluminar
Un espacio creado para la mujer judía que desea vivir con sentido, equilibrio y profundidad.