Hay algo especial en Pesaj que va mucho más allá de la comida o de las tradiciones. Es una festividad que despierta recuerdos. En cuanto comenzamos a preparar la casa o a pensar en el Séder, aparecen en la memoria imágenes, aromas y voces que parecen viajar desde la infancia.
Muchos recordamos las cocinas llenas de movimiento unos días antes de la fiesta. Madres y abuelas revisando cada rincón de la casa en busca de jametz, pero también aprovechando para limpiar y descartar todo lo que ya no servía; mientras, en el aire se mezclaban el olor de las comidas de Pesaj y la sensación de que algo importante estaba por comenzar. Para los niños, todo parecía un poco misterioso: armarios vacíos, vajilla especial y recetas que solo aparecían una vez al año.
Uno de los recuerdos más entrañables suele ser la mesa del Séder. La familia reunida, las copas de vino (siempre alguien derramaba una), la keará o bandeja en el centro de la mesa y las hagadot abiertas esperando las preguntas de los más pequeños. Muchas veces, para cuando era el momento en que los niños buscaban con entusiasmo el afikomán, yo ya me había quedado dormida con el sonido de fondo de la familia cantando las melodías características de esta noche. Sobre todo, se quedan grabadas las melodías. Las canciones que se repetían cada año, cantadas por padres, abuelos y tíos. Incluso de adultos, cuando escuchamos esas mismas melodías, sentimos que volvemos por un instante a aquella mesa familiar.
Con el paso del tiempo, algo hermoso sucede: los recuerdos se transforman en responsabilidad. Aquellos niños que escuchaban las historias del Éxodo se convierten en los adultos que ahora preparan la mesa, cuentan la historia y transmiten las tradiciones.
Tal vez esa sea una de las mayores maravillas de Pesaj: no solo recordamos la salida de Egipto, también recordamos nuestras propias historias familiares. Y cada año, al reunirnos nuevamente alrededor de la mesa del Séder, añadimos un nuevo capítulo a esa memoria compartida.
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